Sobre Suerte, Ángeles Gracias y Esperanza
21 abril 2009
De vuelta en Masisi, nos trajo a una mujer de parto. Tenía 39 años y ya había dado a luz a nueve hijos, dos de los cuales todavía viven. Su marido murió durante el embarazo y, cuando se puso de parto, anduvo ocho horas para asegurarse el parto más seguro posible. Cuando llegó a nosotros, tuvimos que practicarle una cesárea que reveló que hacía unos minutos había tenido una ruptura de útero. Éste sería su último hijo y consiguió a toda costa traerlo al mundo con vida. Le puso por nombre Chance (suerte).
Parece no haber ningún límite para lo que una madre puede hacer por un hijo. En una ocasión, trajimos a una mujer de 40 años de una clínica móvil. Sufría una grave neumonía, posiblemente tuberculosis, y estaba consumida. Pesaba 34 kilos, con lo que yo misma podía llevarla en brazos sin problemas desde el coche hasta la sala. En ese estado y tendida en un colchón dentro del coche, había acercado con ternura a su bebé a su delgado pecho.
“Dijo que Congo era como una habitación oscura. Aunque hubiese una puerta en esa habitación, estaba tan oscura que no importa el tiempo que pasases buscando esa puerta: nunca ibas a dar con ella”
Tienes la sensación de que son las mujeres y los niños quienes más soportan la carga de la guerra, cuando no también las heridas físicas. Más allá de las violaciones, que a veces siegan vidas, están esas infecciones invisibles. Estamos permanentemente al acecho del sarampión, una enfermedad que mata rápido y contra la cual vacunamos regularmente en toda el área de salud de Masisi. Siguiendo su rastro, decidimos lanzar una campaña de vacunación de dos días de duración en un campamento militar. Muchos combatientes se desplazan por lo menos parte del tiempo con sus esposas e hijos. El sarampión se previene mediante lo que se conoce como inmunidad de manada: inmunizando a la mayoría, la minoría también queda en gran parte protegida. Pero resulta harto difícil seguir la pista y vacunar a esta particular manada. Casi 200 niños más tarde y un muy satisfactorio día de trabajo, me fui a tomar algo con un amigo. Allí entablamos conversación con un miembro de bastante alta graduación de un grupo armado. Espontáneamente, empezó a contarnos historias de los últimos 15 años. “Un trabajo es un trabajo”, nos dijo antes de contar los muertos de ayer con los dedos. Con entusiasmo compartió con nosotros sus aspiraciones de utilizar su diploma en administración cuando terminase la guerra (y es todavía muy joven, sólo tiene 30 años). La pregunta era obligada: ¿cuándo? Apoyándose contra la pared y apartando su mirada de nosotros por primera vez, dijo que Congo era como una habitación oscura. Aunque hubiese una puerta en esa habitación, estaba tan oscura que no importa el tiempo que pasases buscando esa puerta: nunca ibas a dar con ella.
Los nombres que la gente elige para sus hijos contradicen de forma reveladora la perspectiva del militar. Un día, mientras tenía en mis rodillas a una pequeña llamada Esperanza, haciéndose pipí y tosiendo mientras la examinaba, una madre entró de repente sosteniendo una masa sanguinolenta entre sus brazos. Su bebé, cuyo nombre se traduce como Ángela Gracias, acababa de ser examinada y tratada en el centro. Cuando llegaron a casa, una disputa doméstica entre cuñadas se salió de madre y Ángela se llevó un machetazo en la cabeza. Las compresas que aplicábamos no lograban detener la sangre que salía a borbotones, por lo que estrujé con fuerza su cabeza contra mi pecho y me la llevá corriendo al hospital. Cuando cinco puntos más tarde la devolvimos a su mamá, miré hacia abajo y me percaté de lo extraño que resulta llevar la camiseta empapada de sangre y los pantalones de orina, sin importarme en absoluto ni pensar siquiera si eso era lo debido. Calle arriba, el cielo se abrió y me puse a dar vueltas y vueltas, bebiéndome la lluvia y riéndome sola, porque a veces tienes que limitarte a aprovechar el día. Cuando, desgreñada y desaliñada, me deslicé chorreando en el centro de salud, por primera vez me esperaba un gran silencio. Y Esperanza también.











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21 abril 2009
08:06
Beth Danesco
said:
I have so much admiration and respect for anyone who goes into msf - and I envy our guts! A year running a sexual violence clinic in burundi, working where you are now…And I say the same for the people who live and raise children in war and keep on hoping. This is some really evocative writing - people all over should be reading it. DrC was big in the news here yesterday because a play about it won a Pulitzer prize. Anyhow, just wanted to say God bless you in your work, and keep writing! Im going to link this blog to my blog here in the US - which is mainly just read by people i know, but still…Please let me know if you have any suggestions on how my friends and i can be of help to you and your work. bdanesco@aol.com